Le doy vuelta a los pensamientos a ver qué surge. Tipeo, borro. Sorbo de café. A veces, cuando quiero empezar a escribir siento que estoy lleno. Entonces me acuerdo que también escribo para vaciarme. Me vacío… de caras, de cuerpos, de susurros, de pensamientos, de sufrimientos y también de alegrías, de comentarios, de ideas, de enojos. Somos esponja, absorbemos. Somos noray, retenemos. Si nos pensamos como un recipiente, ¿cuándo fue que comenzamos a llenarnos? ¿En alguna primera escucha consciente? ¿Te acordás cuál fue? Pero… alto no me quiero ir del punto, en realidad lo que no quiero es dejar de tipear, siento que cuando escribo necesito subirme a la ola y surfearla hasta que el impulso me aquiete, quizá esa es mi búsqueda… esa quietud, a eso me refiero con vaciarme… a equilibrar el mar intempestivo que me acostumbré a ser por dentro. Pero… retomo la idea, el recipiente y cuándo comenzó a llenarse. ¿Fue en esa primera escucha, lo suficientemente significativa como para que se grabe en nosotros? O tal vez ya nacemos, de alguna manera con algo de contenido que no nos corresponde del todo. Osea, sí, pero no. Me refiero por ejemplo a las expectativas de nuestros viejos: quién tenemos que ser, antes siquiera de haber nacido. Las expectativas de la sociedad sobre lo correcto y ético, moral y careta. Ahí está! También me vacío de expectativas. Me vacío de todo cuanto puedo hacer contacto, y la ola de la escritura me impulse, me acompañe. Vaciarme, serenarme, observarme y decidir cómo llenarme. Por las noches es más fácil, solo el sonido primal del latido de mi corazón marcando el pulso. Creo en que somos recipientes apofónicos, sonamos dependido de qué estamos conteniendo. Por eso creo que vaciarse en vida, como concepto es oximorónico: me vaciaré el día que exhale mi alma; pero vaciarse como idea, creo que es la clave. Si estoy lleno de puteada, de frustración, de miedo, de soledad… emito algo opaco, repelente. Entonces sacar, soltar, quizá también máscaras, frases que no somos, ropas prestadas, pensamientos heredados, sueños sinónimos a los míos… pero nunca propios. Hay que minar cada palabra, soltar la mordaza lógica del pensamiento, y cual alquimista transformar lo que no quiero… en lo que quiero. Lo que se supone, en lo que es. A veces sostenemos pensamientos que no son más que trapecistas ebrios, sólo por creerlos correctos, ecos de cuerpos muertos, hechos de aspectos abyectos, sin alma y sin retos.
Deja un comentario