La casa todavía está en pausa.
El día no empieza del todo, apenas se insinúa.
Un libro abierto y ahí… el cielo.
No es espectacular en el sentido ruidoso.
No hay estruendo.
Pero algo en su extensión desarma.
Los colores no son colores…
todavía son transiciones.
Luz intentando entrar.
Sombras intentando quedarse.
En ese instante aparece el pensamiento,
no como idea, sino como percepción:
esto que veo… no es el cielo.
Es un juego. Una proyección.
La luz del sol atravesando capas, densidades, nubes…
y devolviéndose en forma de imagen.
Lo que emociona no es el cielo en sí,
sino la forma en que la luz se interrumpe.
Como cuando éramos chicos
y descubríamos la sombra en el piso.
Esa fascinación primaria:
ver algo que es y no es al mismo tiempo.
La sombra como evidencia de que hay algo más.
Entonces aparece otra capa, más íntima:
así como detrás de las nubes persiste el sol,
detrás de lo que nombro oscuridad
hay algo que no desaparece.
No se ve, pero está.
Y tal vez lo que conmueve no sea la belleza del cielo,
sino ese recuerdo silencioso
—difícil de nombrar—
de que incluso lo que parece opaco
podría ser
apenas
una forma momentánea de la luz.
La sombra como acceso
Hay algo que solemos hacer casi automáticamente: cuando aparece la sombra —lo incómodo, lo denso, lo que no queremos ver— intentamos iluminarla rápido.
Explicarla. Resolverla. Sacarla.
Pero la sombra no es un error del sistema.
Es parte del fenómeno.
Así como el cielo que vemos es el resultado de la luz encontrándose con capas, nuestra experiencia también se construye en ese encuentro entre lo que somos conscientes y lo que no.
La sombra no es solo lo reprimido. Es todo aquello que todavía no tiene lugar en nuestra identidad consciente.
¿Qué pasa cuando intentamos “eliminarla”?
Perdemos información.
La sombra señala:
- tensiones no integradas
- emociones que no encontraron forma
- aspectos propios que quedaron fuera del relato que armamos sobre nosotros mismos
No es casual que muchas veces aparezca en forma de incomodidad difusa, repetición de situaciones o incluso apatía.
Un pequeño desplazamiento
Quizás el trabajo no sea iluminar la sombra… sino quedarse un poco más en ella sin intervenirla tan rápido. No para quedarse atrapado. Sino para permitir que algo de eso nos hable.
Desde un enfoque centrado en la persona, esto implica algo muy concreto:
- suspender el juicio
- no apurarse a cambiar lo que aparece
- sostener la experiencia el tiempo suficiente como para que se despliegue
Volviendo a la escena
Tal vez por eso el cielo conmueve.
No por lo que muestra,
sino por lo que deja entrever.
La sombra de una nube no tapa el sol.
Lo hace visible de otra manera.
Y quizás algo de eso también nos pase.
Una pregunta para llevarte
¿Qué pasaría si, la próxima vez que algo se oscurece en vos, en vez de apurarte a aclararlo… te quedás un instante más mirando cómo esa sombra se dibuja?

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