Espejos y laberintos

Hay quienes nacemos en casas con espejos. No en el sentido trivial de la decoración, sino en un sentido más íntimo y menos visible: rodeados de superficies que devuelven una imagen, pero no necesariamente una experiencia.

Desde temprano aprendemos a mirarnos en lo que otros ven, a orientarnos en función de reflejos que no nos pertenecen. Y así, sin advertirlo, el origen se desplaza.

Porque cuando todo refleja, pero nada emite, la pregunta por lo verdadero se vuelve inestable.

¿Soy lo que siento o lo que me devuelven?
¿La imagen que recibo corrige mi experiencia o la reemplaza?

En ese punto, el espejo deja de ser un objeto y se vuelve un criterio.

Borges y la retirada de la imagen

Jorge Luis Borges, que tanto escribió sobre espejos y laberintos, supo intuir —o quizás padecer— esa tensión.

Con el tiempo, la ceguera le retiró el privilegio de la imagen. El espejo, que para otros confirma, para él se volvió silencio.

Y, sin embargo, no quedó en la nada. Allí donde la imagen se retiró, apareció el laberinto.

No como una arquitectura externa, sino como una forma de habitarse.

El espejo muestra. El laberinto implica.

El primero ofrece una superficie; el segundo exige un recorrido. En el espejo uno puede buscarse. En el laberinto, uno se encuentra —o se pierde— sin garantías.

Quizás por eso la obsesión borgiana no era con la complejidad, sino con la posibilidad.

El laberinto no es intrincado por exceso, sino por apertura: es un espacio suficientemente vacío como para que algo del alma pueda proyectarse, desviarse, volver sobre sí.

Tal vez Borges no escribía laberintos, sino que escribía desde ellos.

Y cuando el espejo dejó de reflejarlo, empezó a recorrerse.

La fidelidad al reflejo

Pero lo verdaderamente inquietante es que hay quienes, aun viendo, viven como si no vieran. Personas que sostienen una fidelidad casi absoluta al reflejo externo.

Que dudan de lo que sienten si no es confirmado. Que corrigen su experiencia en función de lo que debería ser. Que habitan un mundo lleno de espejos y, sin embargo, nunca entran en su propio laberinto.

La experiencia ha sido desplazada por la validación.

El criterio de verdad ya no surge del contacto con lo vivido, sino del acuerdo con lo esperado.

Y en ese desplazamiento, algo del sí mismo se vuelve inaccesible.

No porque esté oculto, sino porque nunca se recorre.

Entrar

El problema, entonces, no es el espejo. Es el olvido de que uno también es fuente.

Y quizás el trabajo —terapéutico, existencial— no consista en romper los espejos, sino en animarse a entrar.

A ese espacio sin garantías donde no hay imagen que confirme, pero sí experiencia que orienta.

Un laberinto que, como todo lo verdaderamente propio, no se resuelve: se habita.


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