Música, luz tenue, palo santo y agua florida. Hoja, lápiz y primer pensamiento. Lo recibo. La idea de esto es no parar. Como en la vida, parar sería morir. Pero hay puntos medios, creo, o me lo pregunto. Hay momentos arrítmicos, tiempos descompasados… no sé. El corazón me late con fiereza, tibio y también me viene la palabra cálido, pero estoy eludiendo cómo estoy. Me siento en suspensión. En un estado entre. Algo me distrae… me fui de la idea. Paro para pensar, continuo y paro de nuevo, pero sin impacientarme. Recojo mi pensamiento, sugiere tranquilidad. Últimamente siento enojo, mucho enojo. Desesperante, incontenible. La descripción también es una racionalización, así que suelto. Me doy cuenta que estoy haciendo las frases más largas, como si lo hiciera a propósito para poder pensar en el medio. Mis anteriores notas no las di al abuelito fuego. Tengo que… quiero hacerlo. No sé si hay mucho más para decir. Freno. Pienso. Es como si mi cabeza hoy me acechara a mí, se queda y observa y disfruta mirar como no logro conectarme con lo que me pasa. Sé que se trata de abrir el caudal. Hace unos días que vengo intentándolo. Estar más en mí, conscientemente. Sé que por ahí es el camino, desde mí siento que es seguro. Siento calor, húmedo. Estoy contracturado y embotado. Tenso y cuanto más consciente soy de mí, más tenso me doy cuenta que estoy. Estoy pesado. No entiendo qué me pasa. Hay tensión en mis hombros, en la mandíbula. No me puedo aflojar. Estoy incómodo escribiendo. Mi mente ya no me acecha, la ansiedad que estoy experimentando creo que se debe a eso. Mi cerebro dispara noradrenalina y me siento absolutamente incómodo. Necesito parar de escribir. No tolero escribir. Mis dientes se aprietan necesito escupir estas palabras y terminar acá. Alivianarme. Eso! Alivianar la sensación, pero… nono no aguanto, respirá, trato. Bajá la velocidad de escritura y tratá de frenar los pensamientos. Es peor. Me desespero. Crece como si no quisiera ser controlado. No entiendo qué es esto. Es increíble, no sé si pueda terminar con estas notas. No aguanto más y al mismo tiempo no quiero despreciar esto que siento, que me invade y me posee. Se fue. ¿Era yo? La música que puse creo que tampoco ayudaba para que pudiera bajar. Quiero tomar el contenido de estos escritos para usarlos, pero ¿eso está bien? Me pregunto. ¿Está bien dejar que aflore el alma y después usar su expresión? Esto es una gran guerra que tengo adentro desde hace un tiempo. Siento que me traiciono a mí mismo. ¿Me estoy usando? Quiero dejarme fluir y cuando me suelto me uso. Me prometo a mí mismo, si es que eso tiene algún sentido, que voy a lograr un estado de permanencia en este lugar de floración del alma. Me lo pido a mí mismo, como si fuera un otro… vuelve y sí, es la música. Crece el ritmo, me enoja. No sé si lo quiero parar o necesito explotar en alma y soltarme del cuerpo. Mí espíritu se va desatando, se vuelve salvaje, indomable. Dejó de ser vital la sensación de floración y perdió peso el ensimismamiento de pensamientos. Es salvajismo, libre. Es manifestación de vida en estado puro y con la propia vida como instrumento como medio como cuerpo universal. No puedo más. La música crece y cataliza este sentir dentro mío, no puedo. Necesito parar. Mi escritura ya no se entiende. Las palabras se separan. Las letras no se tocan. Mis pensamientos se limitan. Trato de acecharme… incrementa la música. Es la música! No puedo más. Quiero más. Creo que me quiebro. Las palabras son más grandes y cada vez más espaciadas. No lo puedo contener. Mi espíritu reclama movimiento música fuego y ancestros vida tierra cielo amor barro luna lobo.

Sólo va a perdurar mientras no sea recuerdo, mientras sólo sea presente. Es como si la vida me hubiera permitido experimentar con una sensibilidad aumentada. Esta sensación de estar recordando cosas que no sé de dónde salen, ahora tienen sentido. De acá vienen esos fragmentos de memoria absolutamente inconexos. Todos los momentos que se viven con el corazón siempre permanecerán en él. Caminábamos por la selva, yo intentaba imitar todo lo que ellos hacían. Cuando me hundía en mi pensamiento un sentimiento incontenible de ansiedad se me venía encima. No podía respirar, no importaba cuánto lo tratase. Mi corazón quería salirse de mi pecho. Me estoy muriendo. Transpiraba y la selva entera me daba vueltas. No tenía control sobre mí. Shirapari. No marmansho. Kebaro shituka. Samai. Aquel huahua me decía que el hombre no sea tonto, que sea como la planta, que respire. Ese aire en mis pulmones fue alquímico. Como si nada recuperé el control. Estaba ahí. Sentía una gran destreza corriendo por mi cuerpo, también mucha libertad. Estoy vivo. Mi corazón iba recordando saberes. Ñahuinchear. Observaban todo el entorno, pertenecían realmente a ahí. Somos parte del todo. Observaban con interés y placer el movimiento de los animales, como si los descubrieran cada vez que los veían. A las plantas, los procesos de maduración de las frutas. A la vegetación y su crecimiento. Sin darme cuenta pasé a ser uno más de ellos. Caminábamos de una manera particular. Cada uno estaba en su observar sin seguirnos ni mirarnos entre nosotros, pero no nos chocábamos ni tropezábamos. Al caminar de esa manera, nunca me cansaba ni me perdía. Era como si el cuerpo tomara el olor de la selva, dejando de ser un extraño en ese mundo salvaje. Sólo se trataba de observar y percibir el medio ambiente como lo hacen los animales, como lo estábamos haciendo nosotros. Observábamos, percibíamos y conversábamos a través de un saber no verbalizable con las plantas y animales. Sus conductas no son algo que se pueda enseñar o explicar. Pero aquel paseo tenía un objetivo, estábamos de caza. Sentía algo muy desagradable. Aquella conexión esencial que me decía que pertenecía a ese lugar, al mismo tiempo hacía que no quisiera estar ahí. Pucuna. Tomó su cerbatana, inclinó su torso. Recuerdo como su tórax se expandió acumulando aire. Apenas un soplido tenía el poder de traer a la muerte. Los segundos pasaban y pasaban y nada sucedía. Me resultaba imposible correr mi mirada del mitayero. Pero al ver que nada pasaba busqué a la presa, y me encontré con ese influjo. Los ojos del animal estaban fijos en los ojos de su ejecutor. No comprendía. Esa mirada alejó a la muerte. Aquel animal había mostrado su alma a través de sus ojos, pidiendo que su vida no terminara ahí. Esa comunicación tenía el peso de lo sagrado, el cazador tendría que irse.

La tierra despierta en quienes se dan cuenta que son naturaleza.


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