Solemos andar por detrás de nuestros reflejos e ideas. Aquel día, mientras pivoteaba en su silla y afuera la lluvia caía, no podía dejar de pensar en todos los lugares en los que le gustaría estar. Menos ahí. Solamente había un testigo que se le reía desde lo alto de la pared... tic tac… tic tac. Un reloj, “ese” reloj de mierda que según creía, solamente contaba las horas perdidas.

Hace unas semanas se estrenó una nueva serie animada de Disney: “What if…”. Qué pasaría si los principales momentos de una historia, ocurrieran de manera diferente. Qué ocurriría si al igual que Walter Mitty, sacamos de adentro de nuestra cabeza los sueños e ideas, y los empezamos a vivir. ¿Tan trágico sería… cambiar eso que no me hace bien y no me deja ser yo? Y acá hago una pausa. Observo al cursor titilar, pienso en mí y trato de imaginar las voces de cada uno de ustedes llenando este espacio. Y sí, me lo puedo imaginar, porque nada del acontecer humano nos es ajeno. Hablo en un aspecto general. Hablo de esa sensación de bienestar que nos produce compartir, de esa tibieza que se siente en el pecho cuando nos mantienen una mirada sincera, cuando nos escuchan sin prejuicios, cuando se pregunta para conocer al otro. Todos alguna vez no nos animamos a algo, y todos alguna vez sí lo hicimos. De hecho es una danza que marca y acompaña el pulso de nuestra vida. Hay quienes piensan que ni la muerte es tan trágica, pero vamos más cerquita, no nos definamos por lo trágico que se supone intentar, sino por el bienestar profundo que activa el animarse.

Así que, ¿y si…?

Entre licencias, maquetas y el creativo desorden que suele caracterizar a quienes inventan, el arquitecto y profesor Richard B. Fuller, nos dice que no es posible cambiar las cosas luchando contra la realidad. Que para que podamos cambiar algo, tenemos que construir un modelo nuevo que deje obsoleto el modelo existente. Es decir, no luchemos contra la realidad, o por lo menos no tratemos de investirla a tucumanazos, sino más bien… creemos una. Pero al igual que los monos que van de rama en rama, la sociedad y nosotros, quienes la componemos, necesitamos pasar de creencia en creencia, de modelo en modelo. Actualizar nuestros pensamientos, y así nuestros hábitos.

A través de las preguntas podemos ver el momento en que un paradigma deja de estar en vigencia, pues por sus grietas comienzan a emerger las nuevas necesidades, generando un momento de transición y sombras, en donde un paradigma se solapa con el siguiente y las hipótesis y las teorías batallan.

“Animarnos a” tiene varios aspectos, y si bien hay distintas disciplinas que pueden llegar a mencionarlos, hablo de nuestras experiencias, constructos, creencias, hábitos, de la manera en que miramos el mundo. Aspectos nuestros, que fueron concebidos, construidos, armados (cada uno en su proceso personal podrá encontrar un nombre con mayor significación) para poder con las necesidades de un determinado momento.

Hoy en día estamos sobre ese momento interparadigmático, y en esta coexistencia, surge más sombra, que luz. Porque estos dos paradigmas son funcionales a las necesidades de hoy. Pero como los monos, sino pasamos a la siguiente rama, o se parte y el golpe existencial nos desorienta o quedamos en el medio, en un loop de desgano rumiante, de desmotivación y de una desvaneciente sensación de que poco a poco perdemos el control.

Hace tiempo que se están acumulando las preguntas acerca del peso del día a día, acerca del entorno laboral, de hecho, la gestión del mundo organizacional llegó a su límite. Las preguntas rebalsan de los anotadores, los expertos cobran fortunas por consultorías parasitarias y las personas día a día caminan hacia sus trabajos cada vez con menos ilusión, cada vez con menos ganas.

Desde un lado, y parece que muy lejos nuestro, la ciencia mecanicista y reduccionista. ¿Ni idea? Sistemas calculables, métodos de crianza y enseñanza -en principio inocentes y heredados-, que marcaron nuestra manera de ver el mundo, basada en premisas medibles, jerarquizables, controlables, traducidas a una semántica sensación de estabilidad. Del otro lado, una visión holística y de incertidumbre, que tiene en cuenta los fenómenos caóticos, incluso afirmando que el caos tiene una lógica interna.

“En su mayoría, nuestras escuelas son maquinarias en las que los estudiantes, maestros y profesores hacen las cosas de manera mecánica. También hemos transformado a los hospitales en instituciones frías y burocráticas que despojan a los médicos y enfermeras de su capacidad de cuidar desde el corazón.”

Frederic Laloux

Vamos a lo cotidiano, personas cercanas que se van de los circuitos de trabajo convencionales, para trabajar por su cuenta. Padres que no entienden cómo los hijos están mal en una empresa en donde no pagan lo que corresponde, en donde el maltrato es el lenguaje básico, y en donde la antigua creencia de que un trabajo es para toda la vida, hace tiempo ya que solo es una idea fantasmagórica que se niega a desaparecer.

Muchos más ejemplos y etc. pueden componer el párrafo anterior. Pero hagamos algo más fácil, imaginemos a una persona que se anima a hacer algo que nosotros mismo NI EN SUEÑOS haríamos. Saquemos las etiquetas prejuiciosas de irresponsables, millennials, cómodos. De hecho, hagamos memoria si en el trayecto de nuestra vida ese que se animó a soltar, esa que se desató, esa que la mirada ajena la paralizó. Ese que no puede romper un molde… muchas veces no fuimos o somos nosotros mismos. Los conceptos como inestabilidad y cambio, frente a las ideas de permanencia, equilibrio y control, parecen abismalmente opuestas. Pero hablamos de dos ideas que muchas veces conviven en una misma cabeza. Entre estos dos tipos de ideas radica el problema, no se puede tener un pie sobre cada manera de pensar, construir, gestionar, porque en el tira y afloje estamos nosotros mismos.

Si creemos en un paradigma mecanicista, surge un pensamiento dicotómico, basado en los opuestos excluyentes. Es decir, las cosas se hacen de una manera porque una vez funcionó y como dice el lema mandaloriano: “this is the way”. Si lo miramos dentro de una empresa, hablamos de planificación estratégica, planificación a medio plazo, ciclos anuales de presupuesto, indicadores clave de desempeño y tableros de comando, entre otros. En definitiva, procesos de gestión para definir objetivos (predecir) y hacer seguimiento (controlar). En esta visión del mundo, la motivación de las personas es el éxito material.

Y acá surge una triste realidad que se asoma en cada empresa en la que fui consultor, y es que para quienes están en la base de la pirámide laboral, el trabajo supone más desgaste y rechazo, que pasión y propósito. Y si miramos hacia la cima de esta pirámide, tampoco hay mayor satisfacción. Detrás de la fachada, la vida de los “jefes”, están inundadas de silencios y sufrimientos.

Cuando te desconectas de vos mismo, ya no te tenés a vos mismo.


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