
…un fulgor que no es luz, sino abismo, me abraza. El sueño quiere arrancar, pero ladridos lejanos lo distraen. Sonidos incognoscibles me llenan. Mi consciencia se mece entre la realidad y la abstracción, hasta que un poder abrasador irrumpe, disolviendo el tonal. Desvaneciéndolo en la bruma de lo nunca sido.
Mi identidad, ahora apenas ecos de historia ajena, resuena débil en la periferia de miego. Intento con manos de ensueño tocar lo que era, intento y se deshace en aires de olvido.
Ya no hay dioses ni demonios. Ausentes están los arquetipos que antes susurraban por esta sangre. Ni ánima, ni ánimus, sólo el alma queda. La guardiana de los recuerdos, que en esta vastedad todo lo contiene y todo lo disuelve.
Inteligencia y creación, impulso que trasciende polaridades y sentencia al olvido -damnatio memoriae- a las etiquetas del entendimiento.
Infinitud y finitud, divina y demoníaca, creadora y destructiva, enjambre imposibles de opuestos en la totalidad vibrante del Vacío.
No hay fronteras no hay yo no hay tú ahora espejo en llamas fundiéndose en la fuente primal del tiempo ese hilo que nos ata y se alimenta por su propia ausencia donde permanezco no siendo siendo en el latido de lo eterno, en la trama de lo siempre sido…
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