
Creatividad… como pórtico de múltiples accesos al dédalo que somos. Una fina aguja ferromagnética que responde a la intuición. Es por acá, dijo el Flaco… y hoy no hay quien no haya soltado una lágrima escuchando Barro tal vez: «si no canto lo que siento, me voy a morir por dentro».
¿Dónde termina una idea? ¿Existe, acaso, tal cosa como el final de un pensamiento? Quizá las ideas no sean más que bifurcaciones que brotan del pensamiento anterior, como ramas que explotan bajo el impacto de un relámpago en plena tormenta. Si nos aventuramos en la obstinada tarea de buscar el fin de una idea, quizá nos topemos con ese cielo de cartón en donde se chocó Truman, en donde su ilusión terminó.
Pero vuelvo. Sin darme cuenta, casi choco mi nariz contra esa escenografía celestial. Y es que, aunque no quiera llegar al final de una idea como concepto, tampoco deseo podar los laberintos del pensamiento. A veces me gusta seguir cada ramificación, enriquecer esa primera chispa, esa sinapsis inicial, que viaja desde la necesidad animal de escribir hasta la emoción en los ojos del otro al leerlo.
Si mis palabras juegan con lo dicho, pido disculpas. Pero así es la creatividad: hay que soltarla. Nada que brote de la esencia misma del ser puede convertirse en una mala anécdota.
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