
Hay un instante en mi mente que se abre como un vacío.
Donde una idea aparece en suspensión, un impasse etéreo entre lo que podría ser desapercibido y lo que podría ramificarse hasta perderme.
Como quien se para al borde, ahí observo. Ahí sostengo.
Avenida Kramer. Casi Olazábal. Hay una presencia que insiste. No es la primera vez que me detengo. Hay una coordenada invisible, un punto al que termino regresando. En mí, una certeza de que algo está sucediendo, aunque no se deje ver del todo.
En uno de los edificios grandes,
detrás del vidrio, hay un tótem.
Frío.
Vertical.
Tecnosombrío.
Casi como un marcador de presencia
en un lugar donde todo parece automático.
Pero no lo es. Porque está ella.
La chica que vigila. Que está. Que habita ese espacio de una forma que no termina de encajar con la escena.
Se ríe. Pero no es una risa cualquiera. No es social, no es funcional, no es respuesta. Es una risa con alguien al lado, acompañándola en ese instante. Y claro, no puedo verlo, pero está.
Y ahí es donde se abre otra capa. Porque la escena, tal como es, no alcanza. No cierra. No se deja consumir como un dato más del paisaje. Entonces aparece lo otro. La historia.
Tal vez compartieron un gesto.
Tal vez hay una conversación que no escucho.
Tal vez hay una forma de amor que sucede en los intersticios de lo laboral, en ese horario muerto donde el cuerpo está presente pero la vida se escapa por otros lados.
Tal vez alguien la hace reír.
O tal vez ella recuerda.
O tal vez imagina.
Y en ese tal vez, una pulsación empieza a insinuarse, mientras que en los alrededores todo sigue funcionando.
Negocios.
Puestos.
Personas.
Otras miradas distribuidas en distintos puntos, observando edificios como este, como si fueran todos iguales. Pero no lo son. Este no lo es. Porque acá, en este punto exacto, el vacío no se comporta como vacío. Se vuelve fértil. Estoy detenido justo en ese borde donde la percepción deja de ser automática… se vuelve narrativa.
Ya no veo solo lo que está. Empiezo a ver lo que podría estar.
Y en ese desplazamiento mínimo —casi imperceptible— aparece eso que no puedo desver: no tolero el vacío como hueco muerto. Necesito completarlo. Pero no desde la certeza, sino desde la posibilidad.
Porque frente a lo incompleto… aparece una historia. Y frente a una risa sin objeto visible… aparece un vínculo. Aunque el otro no esté. O aunque no pueda ser visto.
Y entonces, lo que parecía una escena mínima, casi descartable, empieza a revelar otra capa.
Más silenciosa.
Más íntima.
Esa risa… podría no ser hacia afuera.
Podría ser hacia adentro.
Hay una forma de compañía que no depende de la presencia física, sino de una activación interna que se sostiene sola. A veces uno puede estar acompañado sin que nadie llegue. O estar rodeado y aún así sentirse solo.
Ahí es donde la escena se vuelve espejo. Y también, un poco, laberinto.
Porque ya no sé si estoy mirando lo que ocurre… o lo que necesito que ocurra. Si estoy viendo la realidad… o completándola.
Y tal vez no haya diferencia.
Tal vez el vacío nunca fue ausencia.
Tal vez es ese espacio donde lo real todavía no está cerrado, y por eso permite que otra cosa entre. Una que no estaba. O que siempre estuvo, pero no se veía.
Entonces vuelvo a ese punto. Sí, otra vez. Como quien sabe que hay una escena que todavía no terminó de mostrarse. Como quien regresa, una y otra vez, a ese lugar donde lo visible se agota y empieza lo demás.
Ese resto.
Ese entre.
Ese casi.
Una escena loopeada… pero que, por alguna razón, nunca termina de ser la misma.
Y quizá ahí, en ese mínimo desfasaje, en esa insistencia silenciosa, en esa risa que no necesita testigo, esté la puerta.
No hacia lo que veo.
Sino hacia lo que aparece cuando dejo de ver solo eso.
Deja un comentario