
Cuando la herramienta se vuelve silencio. Mindfulness.
Estaba viendo Mindfulness para asesinos y me pasó algo medio absurdo.
Además de la combinación en sí —silencio, respiración, observación, tiempo, impulso, tensión, reacción—, hubo un momento en que mi cabeza hizo un backflip y conectó eso con algo que veo todos los días en consulta… nono la parte de asesinos, no. La otra. Como si alcanzar cierto nivel de calma o de observación interna pudiera convivir, sin problema, con patrones que siguen repitiéndose.
Y más allá de lo exagerado de la ficción, hay algo de eso que no está tan lejos de lo que vemos todos los días.
Hay personas que pueden entenderse mucho, explicarse mucho e incluso observarse… y aun así seguir atrapadas en lo mismo. Esto me llevó a pensar en algo que aparece muy seguido en consulta.
Vivimos en una época donde, si lo miramos desde lo material, parecería que todo está mejor que nunca. Más tecnología, más avances médicos, más comodidad. Sin embargo, algo no termina de cerrar: cada vez son más las personas que viven con ansiedad, con angustia, con una sensación persistente de desborde interno.
No se trata sólo de diagnósticos clínicos. También aparece en lo cotidiano: cansancio emocional, dificultad para sostener lo que se siente, cuerpos en tensión, mentes que no encuentran pausa. Como si, en medio de tanto avance, algo en lo humano hubiera quedado desfasado.
En ese sentido, vuelve una idea que escuché hace tiempo: no es signo de salud adaptarse a una sociedad profundamente enferma. Quizás el problema no esté en las personas, sino en el modo en que aprendimos a vivir.
Muchas veces intentamos resolver el malestar atacando los síntomas: bajar la ansiedad, dejar de pensar tanto, “estar mejor”. Pero eso es como pintar sobre una pared con humedad. Puede funcionar un tiempo… hasta que lo que está debajo vuelve a aparecer.
Entonces la pregunta cambia:
no es ¿cómo dejo de sentir esto?
sino ¿qué hay en mí que todavía no está siendo visto?
Ahí es donde aparece la práctica de la atención plena. Más que una técnica para relajarse —aunque a veces eso ocurra—, es una forma de empezar a estar en contacto con la propia experiencia.
Mindfulness, en este sentido, implica dejar de escapar de lo que incomoda… y empezar a quedarse… a mirar, a registrar. A poder estar con lo que hay, incluso cuando no es lo que quisiéramos.
Porque hay algo central en todo este proceso: solo podemos transformar aquello que primero logramos reconocer. Y en este reconocimiento aparece algo profundamente humano: la posibilidad de elegir. No desde la reacción automática, sino desde un lugar más consciente, más conectado.
En un mundo que muchas veces acelera, empuja y desregula, esta práctica funciona como un punto de apoyo. No porque elimine el dolor, sino porque cambia la relación que tenemos con él.
Y a veces, no cambia lo que pasa… pero cambia completamente cómo lo vivimos.
Deja un comentario