De a poco mis sentidos se fueron despabilando y el sonido del agua, golpeando contra la chalupa fue sugiriendo preguntas. Una realidad se desprendía de otra. En esa superposición de estados, mi mundo tonal se desvanecía. La luz se volvía… radiante. Esbozos sutiles de otra realidad me alcanzaban. Y ahí, en esa mandorla impactó la primera pregunta: ¿Y el día que la verdad nos mire a los ojos?¿Ese día que el llamado interior se canse de golpear amablemente en nuestro pecho y salga exponiendo la responsabilidad no atendida de tener que conocernos?
Hace un tiempo, no sé si por agotamiento o lástima, algo mediante circunstancias se decidió a ayudarme. De un momento a otro, ese algo, desde adentro [o tal vez fue Drexler] me hizo llegar un mensaje: “No encuentro nada más valioso, que darte este instante de silencio”, y un paréntesis sensorial se impuso. Yo, mi mente, mi cerebro racional de a poco empezó a dejar de contestarme. Simplemente el pensamiento que hilvana las palabras no estaba. Calculo que no fue porque no quisiera, más bien por hablar un idioma distinto, un no idioma. Mi Evernote mental, en donde aparecían mis preguntas [las que respondo como puedo], estaba en blanco y el cursor titilando |
|<< Durante años, durante… tantos años, me dediqué a cambiar mi piel por corteza. Por una cáscara gruesa que no dejara entrar mis miedos, ni salir a mis fantasmas. También me impuse una meta, estúpidamente inalcanzable. De ahí en adelante, me retiré, me puse en velocidad crucero, y una persona, otra, una máscara de cuerpo entero tomó el control. Estableció relaciones, ideas, pensamientos, formas de reaccionar. Cuanto más me blindaba, menos de mí había. O más al fondo quedaba.
Causación, circunstancias que hoy entiendo que siempre estuvieron ahí, como un guardarrail para el alma. Dando una continuidad de solución entre todos los acontecimientos. Y estos sucesos me pusieron en una situación particular. Y ahí estaba, muy acartonado, muy hipertrofiado, muy preguntándome ¿qué carajo hacía? Ese día, spoilers de la primera pregunta surgieron, raros, hablando despacito, casi como cuidando no despertarme a los gritos. Trajeron emociones que no entendía, dolores “tuetánitos” del alma, que provocaron una sensación de colisión total en mi cuerpo -necesitaba ayuda-. Ese ancestral idioma se me hacía presente, y no recordaba cómo hablarlo.
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