
A inaugurar el día paseando a Mayka.
Ascensor, puerta, calle.
Doblo en la esquina y veo a un encargado baldeando la vereda. En un Belgrano todavía en silencio se escucha el agua corriendo por el cordón. Cuando paso por delante del edificio, él me mira con cierta desconfianza. No hace falta que diga nada. Su mirada es clara:
“Por favor que tu perra no haga acá… acabo de limpiar.”
Sigo caminando. Siempre me gustaron esas pequeñas escenas urbanas que parecen insignificantes, pero esconden historia.
En pocas ciudades del mundo se sigue viendo una escena tan porteña: alguien baldeando la vereda al amanecer. No es algo universal. Es una práctica cultural, casi arquetípica.. y ahí aparece mi curiosidad.
A principios del siglo XX, cuando las calles estaban llenas de tierra, caballos y carros, la vereda se regaba para bajar el polvo y limpiar los restos de la noche. Era una forma de preparar la ciudad para el día. Por eso se hacía muy temprano: antes de que pasaran los peatones, antes del tránsito, antes del calor. Con el tiempo se volvió una especie de ritual urbano, sumado a ciertas regulaciones municipales. De ahí también vienen mis primeros recuerdos románticos de la niñez.
Veredas mojadas.
Persianas levantándose.
Olor a café.
Bares armando sus mesas.
El diariero revoleando el periódico.
Pero lo que más me interesa no es el dato histórico. Quiero volver a la escena. Un hombre que limpia la vereda. Una mirada que cuida ese pequeño territorio recién ordenado. Un gesto silencioso que dice: “Esto lo acabo de acomodar.”
Y mientras sigo caminando con Mayka, aparece la asociación. En el trabajo psicoterapéutico también pasa algo parecido. Muchas veces alguien llega a sesión después de haber pasado horas —o años— intentando ordenar su propia vereda interna.
Limpiar algo.
Acomodar algo.
Bajar un poco el polvo de la vida.
Y entonces aparece el temor de que se vuelva a ensuciar, es decir, a desacomodar.
Una palabra.
Un recuerdo.
Una emoción.
Tal vez por eso esa escena me quedó dando vueltas. Porque a veces la vida se parece a esa vereda recién baldeada. Un pequeño momento de orden. De claridad. Algo que no queremos que vuelva a ensuciarse tan rápido. Y sin embargo, como en cualquier ciudad viva, siempre vuelve a pasar alguien.
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